sábado, 23 de junio de 2012

Se hace camino al andar

Qué difícil se hace escribir cuando pasó tanto tiempo ya, pero allá vamos. No a la colgadez.

Después de que se fue mi noviesito, el día siguiente lo pasé sola en la casa porque Mica no estaba. Claro, entre la tristeza que tenía porque se había ido, y las ansias que tenía por ver a mis viejos, me la agarré con el departamento. Pff, escobas, trapos, líquido para pisos, lavarropas encendido, tooooooodo.....  sí señores, señoras, se me dio por limpiar.
Luego de que quede una cosa más o menos presentable, me digné a esperar que pasara el tiempo.
Ya al otro día, fui a encontrarme con mis progenitores. Como no quería hacer ninguna aparición triunfal, me perdí camino al hotel que les había reservado a mis viejos, y llegué como media hora después de lo que les dije.
Pero llegué. Y el reencuentro fue tan lindo!
La semana siguiente fue básicamente de salidas por Milán, me llevaron a conocer la ciudad en la cual estaba viviendo hacía tres meses. Sí, conocí más la ciudad en esa semana que en los tres meses anteriores.
Fuimos a Bergamo también, donde me compré el vestido para el casamiento de mi hermano (en una casa que en Milán quedaba a cinco cuadras de mi depto, literal.)
Llegó el día que tuvimos que ir a Venecia, nos tomamos el tren más poblado del mundo, al punto de que la gente viajó parada la mitad del viaje (una hora y media) un horror. Pero llegamos, y los quise llevar a recorrer Venecia. Claro, pequeño detalle, yo estaba acostumbrada a caminar las ciudades, MUCHO. Ellos no. Fuimos andando hasta el Rialto, pero nunca llegamos a la Plaza San Marco, no porque se hayan cansado, sino porque no la encontré jamás (sí, me perdí again) y no sabía cómo volver al lugar que teníamos que ir para embarcar al crucero, y claramente se estaba agotando el tiempo, así que volvimos.
El trayecto hacia el crucero lo voy a obviar, porque sino es la historia sin fin. Así que nos saltamos directamente a la parte en donde nos sumergimos por fin en lo que se iba a convertir en nuestro nuevo hogar por esa semana. Increíble. De verdad un lujo. Era una ciudad, un mundo aparte, tenías todo lo que querías. A la noche te asignaban un número de mesa, el mismo durante todo el viaje, para la cena. Éramos nueve, los nueve argentinos. Dos matrimonios de la edad de mis viejos, dos recién casados en su luna de miel, y nosotros tres. Nos hicimos amigos todos, y las excursiones las pasamos juntos casi todas. Formamos un lindo grupo, y nos intercambiamos los mails y teléfonos.
Los puertos que tocamos, qué decir, creo que las imágenes que subí al facebook valen más que mil palabras. Eran lugares indescriptibles de lo lindos que eran, cada uno tenía algo que lo hacía especial, o su historia, o su paisaje, o su cultura. Y cuando por fin tocamos puerto en el Pireo, el puerto de Atenas, y subí al Partenón, fue la gloria. Creo que fue uno de los momentos más lindos de mi vida hasta ahora, por fin cumplí el sueño de conocer Grecia. Y vaya si lo hice.
Del crucero mucho más no hay para contar, shows todos los días en el teatro La Scala, comida de diez, atención de diez, todo de primera.
El mismo día desembarcamos en Venecia agarramos el auto que había alquilado por internet, y emprendimos nuestro Road Trip al sur. Esa noche hicimos parada en Roma, recorrimos un poco con el auto, y cuando mi papá decidió que esa ciudad no era para entrar con auto, buscamos un hotel cerca de la ruta y nos quedamos ahí. A la mañana siguiente, temprano, después del desayuno, partimos. Ese día llegamos derecho hasta Sicilia, después de no sé cuántas horas de manejo y un camino eternamente en reparación. Previo a eso, pasamos por Rocella Iónica, el pueblo en donde nacieron los tíos de mi viejo. Pueblo que había visitado él a sus 18 años (casi 40 años atrás) y que ahora encontró totalmente cambiado. Pasamos, dimos unas vueltas, y seguimos viaje. Por fin llegamos a Sicilia, después de la dieciocho mil llamadas del amigo del secundario de mis viejos (que vive en Sicilia desde los 17 años), que nos quería recibir y llevar a su casa. El encuentro, mejor dicho reencuentro, ese fue casi tan emotivo (o más, te diré) como el mío con mis viejos. El hombre se puso a llorar, se super emocionó, y a mi me causó mucha ternura. Fue él quien nos guió por Sicilia esos dos días, nos llevó a recorrer lugares, probar comidas, nos hizo conocer a su familia (yo me hice amiga de la hija, que tiene un año menos que yo). De hecho una tarde salí con ella y una amiga suya a tomar una granizada (hielo y helado de algo, básicamente), re buena onda las dos. Les entendía, pero por suerte la hija del amigo de mi viejo también entendía algo de español, por lo que se hizo más ameno el momento.
Llegó el día de volverse, y la despedida también fue emotiva. Igualmente ahora en Octubre el hombre y la hija vienen de visita a Argentina, así que ahora me toca a mi ser guía de Roberta, vamos a ver que sale.Cuando anocheció, decidimos frenar en Salerno (también habíamos pasado por ahí a la ida, pero a ver qué onda la ciudad, a dar dos vueltas nomás). Encontramos un hotel lindo en frente de un mc, y esa noche cenamos ahí. Esa noche los hice adictos a mis viejos del McDonald's. Al día siguiente hicimos lo que se llama la Costa Amalfitana, una de las cosas más lindas que vi en mi vida. Bellísimo realmente ese lugar, los paisajes, la playa, las montañas, el mar, todo junto. Lo único malo fue que ese día hacía como 40 grados de calor, y a mi viejo y a mi se nos ocurrió bajar a la playa. Claro, estábamos en una montaña, bajarla todo bien, pero subir los 400 mil escalones que comunicaban la playa con la carretera, no fue tan gracioso. Pero salimos victoriosos del reto. Ese día pasamos por Nápoles también y comimos la verdadera pizza napolitana, y mucha gente me frenó por tener la camiseta de Argentina puesta, y me saludaba y le mandaba sus saludos a Maradona, qué oportuna yo y mi fanatismo argentino. Fuimos a Pompeya, pero no pasó nada digno de mención. 
Así llegamos a Roma nuevamente, volvimos a hacer noche, volvimos a cenar en el lugar donde habíamos cenado la vez anterior porque realmente hasta el día de la fecha, fue en ese lugar donde comí la mejor pasta que probé en mi vida. Al día siguiente nos quedamos en Roma también, porque queríamos recorrer un poco. Hicimos un citytour hop on hop off, nos bajamos en varios lugares turísticos, nos sacamos un par de fotos y nos volvimos al hostel. Al día siguiente partimos y llegamos a Milán.
Nos quedamos dos días en el depto, porque teníamos que hacer entrar de alguna forma los 90 kg de cosas que se llevaban mis viejos. A los dos días de que volvimos, los acompañé al aeropuerto, les despacharon las dos valijas de 30 kg cada una y los dos carry-on de 15 kg cada uno sin cobrarles un mango, nos saludamos (menos efusivamente que su amigo Giovanni) y otra vez la soledad.
Volví al departamento, sola otra vez, con esa sensación de vacío y tristeza, y me preparé para mi nuevo viaje,  que se daba en dos días.

Próximo capítulo: Londres, Bilbao, Madrid.

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